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Falta de deseo en pareja: entender por qué desaparecen las ganas y qué se puede hacer

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Hay un tipo de silencio particular en una pareja cuando el deseo desaparece. No se habla de ello porque no se sabe cómo, porque se tiene miedo de herir al otro, porque se espera que vuelva solo. Y mientras tanto, la distancia se instala, se instala. Y el propio silencio se convierte en un tema.

En el artículo que sigue, abordo la comunicación en la pareja. Si se reconoce en este tema, he diseñado un test de comunicación de pareja que permite hacer un balance de sus patrones de comunicación en pareja. Se acompaña de una guía para prolongar la reflexión más allá de los resultados.

La caída del deseo es una de las quejas más frecuentes en las consultas de pareja. Afecta a todas las personas, de todos los géneros y edades, en relaciones cortas y largas. Y sin embargo permanece rodeada de vergüenza o de una sensación de fracaso, como si no tener ganas significara que algo se había roto en uno mismo, o en la relación.

Lo que la falta de deseo no es

Antes de explorar las causas, es útil desmontar algunas ideas preconcebidas.

La caída del deseo no es prueba de que el amor haya desaparecido. El deseo y el amor son dos estados distintos. Se puede amar profundamente a alguien y no sentirse atraído sexualmente por él, igual que se puede desear a alguien sin amarlo. Confundir los dos lleva a menudo a conclusiones precipitadas.

La caída del deseo tampoco es una indicación de que la pareja ya no es la adecuada. Puede estar completamente ligada a factores internos —cansancio, estrés crónico, imagen de uno mismo, estado hormonal— que no tienen nada que ver con el otro.

Y la caída del deseo no es irreversible. Puede ser pasajera, coyuntural, o estar vinculada a una dinámica de pareja que puede cambiar.

Las causas más frecuentes

El estrés y el cansancio crónico

Uno de los primeros enemigos del deseo es la falta de recursos interiores. El deseo requiere una forma de disponibilidad interna, la capacidad de salir de la cabeza y estar en el cuerpo. Cuando se está agotado, ansioso o desbordado, esa disponibilidad ya no existe. No se está cerrado a la sexualidad porque no se quiera, sino porque no queda nada que ofrecer después de las obligaciones cotidianas.

El cansancio suele ser la razón más banal y más poderosa detrás de una falta de deseo, y la más fácil de no ver, precisamente porque es banal.

La distancia emocional

El deseo sexual en una relación larga suele ser condicional a la conexión emocional. Cuando esa conexión está distante —cuando se habla poco, cuando los conflictos se acumulan sin resolverse, cuando la vida parece transcurrir en paralelo—, el deseo puede desaparecer no por ausencia de atracción, sino como forma de protección.

Esta forma de deseo contextual es especialmente frecuente, aunque afecta a todas las personas. El cuerpo no se abre fácilmente a alguien con quien se está en tensión no reconocida.

La imagen de uno mismo y la relación con el cuerpo

Sentirse poco deseable —ya sea por la imagen corporal, por un período de dudas sobre uno mismo, por cambios físicos recientes— puede cortar el acceso al deseo. No se tienen ganas porque uno no se siente en condiciones de tenerlas.

Los factores hormonales y médicos

La caída del deseo puede tener causas orgánicas: cambios hormonales (especialmente en torno al embarazo, la lactancia, la menopausia, o relacionados con ciertos medicamentos como antidepresivos o anticonceptivos hormonales). Estas causas merecen ser exploradas médicamente, sin culpa.

Lo que agrava la situación

La dinámica más frecuente: uno espera a que el deseo vuelva, el otro espera a que el primero tome la iniciativa, y ninguno habla. Esta ausencia de palabras crea una tensión sorda, un tema ausente que ocupa cada vez más espacio precisamente porque se evita.

El otro factor agravante es la presión implícita. Cuando uno de los dos siente una expectativa (aunque no se formule) por parte del otro, el deseo se vuelve aún más difícil de encontrar. El deseo no se puede ordenar. Resiste la obligación.

Qué se puede hacer

El primer paso suele ser la palabra, no para resolver todo inmediatamente, sino para salir del silencio. Algo está pasando, no sé exactamente qué, pero me gustaría que pudiéramos hablarlo. Esta apertura crea un espacio diferente del silencio.

Después, explorar las causas: ¿está ligado al nivel de estrés actual? ¿A la calidad de la conexión emocional? ¿A algo en la imagen de uno mismo? ¿A un factor médico? Las respuestas apuntan hacia caminos distintos.

Un apoyo terapéutico —sexológico o de pareja— puede ser valioso cuando el patrón persiste, cuando los intentos de hablarlo no prosperan, o cuando la situación genera sufrimiento para uno o ambos.


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Sobre el autor

Gildas Garrec · Psicoterapeuta TCC

Terapeuta certificado en terapias cognitivo-conductuales (TCC), autor de 16 libros sobre psicología aplicada y relaciones. Más de 900 artículos clínicos publicados en Psychologie et Sérénité.

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