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Sentirse ilegítimo tras un ascenso


Sorprende siempre a quien lo vive: la duda se instala no después de un fracaso, sino después de un reconocimiento. A las tres semanas del nombramiento, sin que haya ocurrido nada negativo, la persona está convencida de que se han equivocado con ella y de que el tiempo lo demostrará.

El entorno ayuda poco, porque su respuesta es casi siempre la misma: «pero si te lo mereces». Esa frase, por sincera que sea, no produce ningún efecto: habla del pasado, mientras que la duda habla de lo que viene.

Conviene repetirlo, porque suele formularse mal: el síndrome del impostor no es ni un diagnóstico ni una enfermedad. No figura en ninguna clasificación médica. Es una experiencia subjetiva, descrita en 1978 por Pauline Clance y Suzanne Imes en personas objetivamente competentes.

En el artículo que sigue abordo la duda de legitimidad tras un ascenso o una toma de responsabilidades. Si te reconoces en este tema, los tests de la plataforma permiten hacer balance.

No has subido un escalón: has cambiado de oficio

Es el punto que casi nadie enuncia con claridad en el momento del nombramiento, y explica lo esencial.

Un excelente programador ascendido a jefe de equipo, una enfermera que pasa a supervisora, un comercial que pasa a director regional: en los tres casos, lo que valió el ascenso — el dominio técnico, la producción individual — ya no forma parte del trabajo. O más bien forma una parte tan pequeña que ya no sirve para evaluar la jornada.

El nuevo oficio se apoya en competencias distintas: decidir sin toda la información, decir que no, delegar un trabajo que uno haría mejor, sostener una conversación difícil, proteger a un equipo de una presión que viene de arriba. Nadie es bueno en eso el primer año. Es un oficio y se aprende.

En ese contexto, el sentimiento de ilegitimidad no es del todo una distorsión. Describe algo real: eres principiante. Lo falso no es la constatación de la inexperiencia, sino la conclusión que se saca de ella.

«Aún no sé hacerlo» no es «no estoy en mi sitio»

Todo se juega en esa distinción, y es más operativa de lo que parece.

FormulaciónQué describeQué permite
«Aún no sé llevar una conversación difícil»Una competencia identificada, ausenteFormarse, observar, pedir ayuda, practicar
«No estoy en mi sitio»Un juicio global sobre la personaNada: no hay ninguna acción asociada

La primera es verificable y fechable: será falsa dentro de seis meses. La segunda no puede probarse ni refutarse, y eso es justamente lo que la vuelve inagotable.

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Un ejercicio sencillo: cada vez que aparezca la segunda formulación, exigirse una traducción a la primera. Cuando la traducción resulta imposible, suele significar que el enunciado no contenía ninguna información sobre el trabajo.

Antiguos compañeros que pasan a ser subordinados

Es la dificultad más concreta, y es real, no psicológica.

La relación cambia de naturaleza de un día para otro, sin que nadie lo haya pedido. Ahora manejas información que ya no puedes compartir, una opinión sobre su trabajo que pesa y, a veces, una influencia sobre su remuneración. Algunos toman distancia. Otro, que optaba al mismo puesto, no dirá nada pero tampoco te ayudará.

Tres observaciones útiles.

El malestar que sientes no prueba ninguna usurpación. Viene de un cambio de posición social intrínsecamente incómodo: lo sería para cualquiera. Querer seguir «como antes» es la trampa principal. Produce instrucciones ambiguas, decisiones aplazadas y un trato desigual según las afinidades, que es exactamente lo que daña la confianza del equipo. Lo que tranquiliza a un equipo no es la cercanía, es la previsibilidad. Criterios enunciados, decisiones explicadas, una posición estable. Un equipo aguanta muy bien a un responsable principiante. Aguanta mal a un responsable imprevisible.

Qué hacen los primeros seis meses

Bandura mostró que la sensación de autoeficacia se apoya sobre todo en la experiencia de dominio: haber hecho algo y haber comprobado que funcionaba. En un puesto de responsabilidad, esa experiencia llega con meses de retraso.

El trabajo de un responsable produce efectos indirectos y diferidos: un equipo que se estabiliza, un conflicto que no degenera, un proyecto que avanza sin ti. Nada de eso se ve semana a semana. Mientras las pruebas se acumulan despacio, la duda se alimenta a diario.

De ahí una cronología bastante regular: un pico de ilegitimidad entre el primer y el tercer mes, un descenso hacia el cuarto — a menudo tras la primera decisión difícil realmente sostenida — y una estabilización hacia el sexto. Los primeros noventa días en un puesto nuevo tienen su propia lógica.

Una cosa ayuda más que ninguna otra en ese periodo: llevar un registro fechado de lo que se decidió y de lo que salió de ello. No para autoevaluarse, sino porque la memoria solo conserva los momentos de vacilación.

El perfeccionismo sale más caro en este papel

Hewitt y Flett distinguen un perfeccionismo orientado a uno mismo de un perfeccionismo socialmente prescrito: la sensación de que los demás esperan de ti algo irreprochable. El segundo se dispara con fuerza tras un ascenso, porque el nombramiento es público.

En un puesto de experto, el perfeccionismo tiene una contrapartida: produce trabajo bien hecho. En un puesto de responsabilidad produce sobre todo lentitud, decisiones retenidas y dificultad para delegar, ya que delegar es aceptar que el trabajo se haga de otra manera y, al principio, a menudo peor.

Es uno de los pocos casos en que una virtud anterior se convierte, tal cual, en un obstáculo. Verlo como un desplazamiento de oficio y no como un defecto personal cambia por completo lo que puede hacerse con ello.

Qué muestra el registro y, sobre todo, qué contradice

El problema de la duda de legitimidad es que no puede zanjarse desde dentro: quien evalúa y quien es evaluado son la misma persona, con los mismos filtros.

Ese es el segundo objetivo de ScanMyJob, y el más útil en esta situación concreta. A partir de tus intercambios profesionales reales, el registro destaca lo que contradice tu lectura tanto como lo que la confirma. Muchos responsables nuevos descubren ahí elementos que nunca habían contado: los expedientes sensibles que les llegan primero, las peticiones de arbitraje procedentes de otros departamentos, una formulación suya reutilizada tal cual por la dirección, la frecuencia con que se les pide opinión.

No son cumplidos: son conductas fechadas, y no se fabrican. La galería de ejemplos muestra cuatro registros reales, incluidos casos en los que el registro dice lo contrario de lo que la persona esperaba.

El otro lado cuenta igual: a veces el registro confirma un entorno difícil. Un ascenso sin ámbito real, sin medios, o destinado a cubrir un puesto que nadie quiere, produce un sentimiento de ilegitimidad perfectamente fundado. Esa hipótesis merece examinarse en serio.

Lo que este artículo no hace

No emite ningún diagnóstico: no hay nada que diagnosticar, no es una enfermedad. No dice si estás en tu sitio: nadie puede juzgarlo desde un texto, y menos aún tres semanas después de un nombramiento.

No sustituye a una valoración profesional. Si la toma del puesto va acompañada de un sueño deteriorado de forma duradera, de aprensión permanente o de un agotamiento que no cede los fines de semana, es un asunto de salud laboral, y esos servicios suelen consultarse directamente, sin pasar por la jerarquía.

En resumen: El ascenso es el disparador más observado del sentimiento de ilegitimidad, y no por ironía del destino: uno no sube dentro de su oficio, cambia de oficio. Un experto reconocido se convierte en un responsable principiante, es decir, en alguien que empieza de cero en un trabajo distinto, con criterios de éxito que aún no domina y que no se parecen en nada a los que le valieron el ascenso. La consecuencia es contraintuitiva: aquí el sentimiento de ilegitimidad describe una realidad parcial — efectivamente eres principiante en ese papel — y confundirlo con un veredicto sobre tu sitio es el error más caro. Este artículo distingue «aún no sé hacerlo» de «no estoy en mi sitio», aborda el caso de los antiguos compañeros que pasan a ser subordinados, describe qué hacen los primeros seis meses y muestra qué aporta un rastro externo y fechado que la introspección no puede aportar. El síndrome del impostor no es ni una enfermedad ni un diagnóstico.
Gildas Garrec, Psychopraticien TCC

A propos de l'auteur

Gildas Garrec · Psychopraticien TCC

Psychopraticien certifie en therapies cognitivo-comportementales (TCC), auteur de 16 ouvrages sur la psychologie appliquee et les relations. Plus de 1000 articles cliniques publies sur Psychologie et Serenite.

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