GOAT del fútbol: lo que la psicología del deporte dice realmente de Messi, Ronaldo y Pelé
El debate sobre el GOAT —Greatest Of All Time— ocupa una parte desproporcionada de la conversación futbolística desde hace unos quince años, casi siempre en el mismo terreno: número de goles, trofeos individuales y colectivos, regularidad estadística a lo largo de toda una carrera. Ese terreno tiene la virtud de ser medible. Tiene también una limitación que se olvida con facilidad: no dice nada de lo que, en la cabeza de esos jugadores, produjo esas cifras. La psicología del deporte formula una pregunta distinta, más modesta en sus conclusiones pero a menudo más reveladora: no quién es el mejor, sino qué mecanismos psicológicos, hoy documentados por la investigación, aparecen de forma coherente en estas tres trayectorias.
Lo que revela el régimen de Cristiano Ronaldo, y lo que no demuestra
El libro En la mente de los campeones del fútbol dedica uno de sus primeros capítulos a desmontar un mito muy concreto: el de las «diez mil horas» que bastarían, por sí solas, para producir la excelencia. Un metaanálisis publicado en 2014 en Psychological Science por Brooke Macnamara y sus colegas midió que la práctica deliberada explica, en el deporte, solo alrededor del 18 % de la diferencia de rendimiento entre individuos: una sexta parte, no la totalidad.
El régimen documentado de Cristiano Ronaldo ilustra, sin embargo, a su manera, lo que esa práctica deliberada puede representar en su versión más extrema: entre tres y cinco horas de entrenamiento diario, una cámara de crioterapia personal, un ritmo de sueño atípico —cinco siestas de noventa minutos repartidas a lo largo del día, documentadas por el especialista en sueño Nick Littlehales, que trabajó con él— mantenido durante más de veinte años a nivel profesional. Lo llamativo de este régimen no es el número de horas, sino el grado de control ejercido sobre cada variable capaz de afectar al rendimiento, con una constancia que supone una capacidad de autorregulación poco común.
Conviene resistir, sin embargo, la tentación más inmediata que sugiere este ejemplo: ver en él la prueba de que la disciplina explica, por sí sola, el nivel alcanzado. El libro es explícito en este punto: este régimen ilustra el trabajo extremo en un jugador ya excepcional; no demuestra en absoluto que el mismo trabajo, aplicado por cualquiera, produciría un resultado comparable. Decenas de miles de futbolistas profesionales siguen regímenes rigurosos, con un acompañamiento científico comparable, sin acercarse jamás a ese nivel.
Dos formas distintas de sostener una exigencia extrema
Un segundo mecanismo, más sutil, permite leer de otro modo lo que distingue a Ronaldo y a Messi en su relación con la exigencia, sin convertir nunca esa lectura en un diagnóstico —un límite que la obra plantea explícitamente antes de abordar el tema—: ningún instrumento clínico tiene validez demostrada cuando se aplica a distancia, a partir de una observación mediática. Lo que sigue sigue siendo, en cada paso, una hipótesis de lectura pedagógica, nunca una medición.
La terapia de esquemas, desarrollada por el psicólogo Jeffrey Young, distingue dos orígenes posibles para una misma disciplina extrema observada desde fuera: compensar una carencia vivida tempranamente, o prolongar un modelo familiar valorado. La infancia de Cristiano Ronaldo, marcada por un padre cuyo alcoholismo documentado limitó su disponibilidad emocional hasta su fallecimiento en 2005, ofrece un caso donde la primera hipótesis merece plantearse con prudencia: un entorno familiar marcado por la imprevisibilidad, coherente en teoría general con la búsqueda posterior de un reconocimiento externo estable y medible, que el propio jugador documenta públicamente desde hace años a través de sus estadísticas meticulosamente seguidas.
El recorrido de Messi ofrece un caso de naturaleza distinta: un déficit de hormona de crecimiento diagnosticado a los diez años, en un deporte donde la potencia física suele ser una ventaja determinante. El club argentino que lo observaba entonces renunció a ficharlo por el coste del tratamiento; fue el FC Barcelona quien aceptó financiarlo, a condición de que toda la familia se trasladara a España. Varios analistas, y el propio jugador en algunas declaraciones públicas, establecen un vínculo entre esa estatura relativamente baja y el desarrollo temprano de un juego técnico basado en la agilidad y la lectura del juego más que en el duelo físico: la posible transformación de una vulnerabilidad en una ventaja, sin que pueda afirmarse con certeza qué parte exacta de esa adaptación se debe a una elección consciente frente a la mera necesidad.
Estos dos mecanismos no se excluyen entre sí, y nada permite decantarse de forma definitiva por uno u otro en estos dos jugadores concretos. Solo demuestran que una misma disciplina extrema, vista desde fuera, puede tener raíces psicológicas muy distintas, y que compararla término a término entre dos jugadores equivale a comparar dos historias, no dos niveles de «mentalidad».
Pelé y la pericia que no se mide con cronómetro
El tercer nombre que aparece sistemáticamente en este debate, Pelé, ilustra un mecanismo aún distinto, documentado en el capítulo dedicado a la pericia perceptiva: esa capacidad de ver formarse una jugada una fracción de segundo antes que los demás, medida por la investigación mediante el seguimiento de los movimientos oculares y el reconocimiento de configuraciones tácticas. Nacido en la extrema pobreza en Bauru, Pelé documentó él mismo haber aprendido a jugar con un balón hecho de un calcetín relleno de trapos, en las calles de su ciudad, antes de incorporarse a los quince años al club de Santos. La investigación sobre el juego libre no estructurado —sin entrenador, sin reglas fijas, con un número de jugadores que varía de una partida a otra— muestra que este formato exige mucho las dimensiones perceptivas y decisionales del juego, precisamente porque la variabilidad extrema de las situaciones obliga al niño a desarrollar una capacidad de adaptación que un entrenamiento más estructurado y previsible exige menos.
Esta hipótesis no permite, evidentemente, ninguna medición retrospectiva de la pericia perceptiva del Pelé niño; la obra lo precisa sin rodeos. Solo indica una coherencia entre un recorrido documentado y un mecanismo hoy bien establecido por la investigación, un asunto que otro artículo de esta serie desarrolla con más detalle.
Lo que la palabra «mentalidad» esconde en este debate
Un capítulo entero del libro se dedica a desmontar la noción más invocada en este tipo de comparación: la «mentalidad», usada para explicar a posteriori cualquier resultado, en un razonamiento circular —un jugador que resuelve un gesto decisivo «tenía mentalidad», uno que lo falla «carecía de ella»—. La investigación del psicólogo noruego Geir Jordet sobre las tandas de penaltis en competición internacional ofrece un contraejemplo preciso: no son cualidades de carácter globales lo que distingue a los jugadores más fiables bajo presión, sino comportamientos observables —la dirección de la mirada, el tiempo de preparación, la ausencia de precipitación—, medibles al margen de cualquier reputación.
Aplicado al debate GOAT, este resultado invita a una prudencia particular: decretar que un jugador tiene «más mentalidad» que otro a partir de un gol marcado o fallado en un partido concreto responde al mismo sesgo retrospectivo identificado por la investigación: el juicio se forma después del resultado, nunca antes.
Lo que el sesgo del superviviente impone como límite final
Un último capítulo de la obra, dedicado al sesgo del superviviente, se aplica directamente al propio ejercicio de clasificar el GOAT. Messi, Ronaldo y Pelé comparten, antes que cualquier otro rasgo común, el de haber triunfado. Ninguna conclusión sobre lo que distingue una gran carrera de una carrera más modesta puede construirse a partir de tres casos elegidos precisamente porque triunfaron: son ilustraciones de mecanismos reales, nunca una prueba estadística de lo que causa el éxito. Miles de niños probablemente atravesaron obstáculos comparables, desarrollaron una disciplina igual de extrema, sin llegar jamás a ese nivel. El debate GOAT, al intentar desempatar tres trayectorias excepcionales según un criterio único, reproduce a pequeña escala el error metodológico que este sesgo señala a gran escala.
La obra En la mente de los campeones del fútbol detalla, capítulo tras capítulo, los mecanismos esbozados aquí —la práctica deliberada, los dos motores de la exigencia extrema, la pericia perceptiva, el mito de la mente de acero— con el conjunto de fuentes y matices que un artículo solo puede resumir. No zanja en ningún momento el debate GOAT, y esto no es falta de audacia: es la conclusión más honesta que permite la investigación, una vez que se acepta leerla sin pretender que diga más de lo que puede establecer.
Una pregunta mejor que «quién es el mejor»
El debate GOAT probablemente quedará sin respuesta definitiva, porque plantea una pregunta que la psicología del deporte no puede zanjar estructuralmente: comparar mecanismos que nunca se han medido directamente en estos jugadores, a partir de trayectorias elegidas precisamente porque triunfaron. Una pregunta más útil, para un jugador en formación que admira a alguno de estos tres nombres, no es saber cuál de los tres tenía más mentalidad. Es entender que la disciplina de Ronaldo, la adaptación técnica de Messi y la pericia perceptiva de Pelé comparten un punto en común accesible, sea cual sea el nivel que uno alcance algún día: son competencias que se construyeron, no dones que simplemente se revelaron.
Este artículo presenta el libro y las once trayectorias que lo ilustran, entre ellas Messi, Ronaldo y Zidane.En resumen: El debate sobre el mejor jugador de todos los tiempos se resuelve habitualmente a golpe de goles, títulos y estadísticas. La psicología del deporte plantea una pregunta distinta, menos tajante pero más interesante: ¿qué distingue realmente estas trayectorias en la forma de entrenar, de responder a la adversidad y de regular la presión? La investigación identifica mecanismos reales —una disciplina de entrenamiento documentada en Cristiano Ronaldo, una adaptación técnica construida sobre una vulnerabilidad física en Lionel Messi, una pericia perceptiva forjada en el fútbol callejero de Pelé—, pero ninguno de esos mecanismos, por separado o combinados, permite señalar a un ganador. Y esto es, precisamente, lo que este artículo, como el libro en el que se inspira, se niega a hacer.

A propos de l'auteur
Gildas Garrec · profesional TCC
Psychopraticien certifie en therapies cognitivo-comportementales (TCC), auteur de 16 ouvrages sur la psychologie appliquee et les relations. Plus de 1000 articles cliniques publies sur Psychologie et Serenite.
Únete a nuestra comunidad de intercambio en WhatsApp
Unirse a la Comunidad (lista de espera)¿Necesitas un acompañamiento personalizado?
Sesiones por videollamada (90 € / 75 min) o en consulta en Nantes.
Reservar una videollamadaArtículos relacionados
Introversión en futbolistas: lo que dice realmente la psicología del deporte
Un futbolista introvertido no tiene menos mentalidad que otro. Lo que la psicología del deporte y el modelo Big Five dicen realmente sobre la personalidad bajo presión.
Aitana Bonmatí y el fútbol femenino: lo que dice la psicología del deporte
Aitana Bonmatí, Marta, Ada Hegerberg: los mecanismos que distinguen las grandes carreras en el fútbol no dependen de ninguna característica propia del fútbol masculino. Lo que muestra la investigación.
Un protocolo TCC de 8 semanas para futbolista amateur: lo que puede aportar de verdad
Seis competencias psicológicas, un cuaderno, ocho semanas. Un protocolo de TCC aplicado al fútbol amateur, pensado para un jugador en formación o un padre que lo acompaña, sin ninguna promesa de resultado deportivo.
Detección de talento en el fútbol: por qué se equivoca con los casos más interesantes
La captación de talento mide la estatura, la velocidad y la madurez física, precisamente los criterios menos fiables para predecir un éxito a largo plazo. Lo que establece la investigación.