Lesión en el fútbol: la psicología de la rehabilitación, más allá de la rodilla que cura
Una rodilla que ha sufrido una reconstrucción del ligamento cruzado anterior puede recuperar, entre seis y nueve meses después de la operación, una fuerza y una estabilidad comparables a las de la otra pierna en pruebas físicas estandarizadas: amplitud articular, fuerza del cuádriceps, estabilidad dinámica. Y, sin embargo, una parte importante de los deportistas que han superado esta rehabilitación con éxito en el plano físico nunca vuelven a su mejor nivel. La investigación en psicología del deporte ha identificado, en los últimos años, por qué se produce este desfase con tanta frecuencia, y qué significa en la práctica para la manera en que debería organizarse una vuelta a la competición. El libro En la mente de los campeones del fútbol dedica un capítulo entero a este mecanismo.
Un modelo que describe un círculo, no una línea recta
Los psicólogos del deporte Diane Wiese-Bjornstal y sus colegas propusieron, en 1998, un modelo que sigue siendo la referencia para entender la respuesta psicológica a una lesión deportiva. Este modelo describe un proceso dinámico más que una reacción única: factores personales y situacionales —el historial de lesiones previas, los recursos de afrontamiento ya disponibles en la persona, la gravedad percibida de la lesión— influyen en una evaluación cognitiva del suceso, es decir, la manera en que el jugador interpreta lo que le acaba de ocurrir. Esta evaluación moldea, a su vez, respuestas emocionales y conductuales que evolucionan a lo largo de toda la rehabilitación, en un movimiento circular más que lineal: un mal día de recuperación física puede reactivar un pensamiento negativo, que a su vez puede frenar el compromiso con los ejercicios de rehabilitación, lo que puede ralentizar la propia recuperación física.
Este modelo tiene una consecuencia directa, a menudo subestimada: la velocidad de curación del tejido —ligamento, músculo, hueso— es solo una parte de la ecuación. La manera en que el jugador interpreta cada etapa de esa curación cuenta igual de determinar en qué momento, y en qué estado psicológico, volverá efectivamente al terreno de juego.
La cifra que desplaza la mirada: 76,7 %
Un conjunto de trabajos realizados con deportistas que sufrieron una reconstrucción del ligamento cruzado anterior —una de las lesiones mejor estudiadas del deporte— ha puesto de relieve un resultado que desplaza la mirada sobre la curación. Una revisión sistemática publicada en 2019 por Benedict Nwachukwu y sus colegas, sobre las razones por las que deportistas operados nunca recuperaban su nivel previo, encontró que, entre los pacientes que invocaban una razón de naturaleza psicológica más que puramente física, el 76,7 % citaban el miedo a volver a lesionarse como motivo principal. Entre la amplia mayoría de quienes no vuelven a su mejor nivel tras una lesión grave, no es entonces su rodilla, su isquiotibial o su tobillo lo que se lo impide una vez terminada la rehabilitación: es un miedo que ha ocupado el lugar que dejó vacante la incertidumbre.
Los investigadores miden este miedo, en sus estudios clínicos, con un instrumento llamado escala de kinesiofobia de Tampa, que evalúa el temor al movimiento y a la reactivación de un dolor. Esta herramienta está diseñada para ser administrada e interpretada por un profesional formado, en un marco de evaluación estructurado; no tiene cabida como autoevaluación que uno se aplique por su cuenta, lo que equivaldría a hacerle decir, fuera del marco clínico que le da sentido, más de lo que puede decir tomada de forma aislada. Lo que la investigación establece con este instrumento sigue siendo claro, en todo caso: el miedo a la recaída es un fenómeno real, frecuente, medible, y en gran medida independiente del estado real de curación del cuerpo.
Dos rodillas idénticas, dos trayectorias distintas
La literatura sobre la reconstrucción del ligamento cruzado anterior distingue, en el plano puramente funcional, a los «copers» —pacientes que recuperan una estabilidad de rodilla suficiente en pruebas físicas estandarizadas— de los «non-copers», que no lo logran pese a una rehabilitación comparable. Un resultado se añade a esta clasificación física en lugar de sustituirla: varios estudios muestran que el nivel de miedo al movimiento, medido durante la rehabilitación, se asocia a la función de la rodilla después de la operación con independencia del estatus de coper o non-coper establecido al principio. Dos jugadores clasificados en la misma categoría física al salir de la operación pueden, por tanto, seguir trayectorias funcionales distintas según el nivel de miedo que acompañe su rehabilitación: la dimensión psicológica añade una información que las pruebas físicas por sí solas no captan.
Este dato tiene una implicación concreta para cómo debería organizarse una vuelta a la competición: un protocolo de retorno al juego que solo siga criterios físicos puede declarar a un jugador «listo» sin que su relación con su propio cuerpo lo esté todavía. Es una de las razones por las que los protocolos de retorno al deporte más recientes buscan integrar, junto a las pruebas físicas, una medida de la confianza percibida del jugador hacia la zona lesionada.
Cuando la identidad tambalea durante la baja
Una lesión larga no interrumpe solo una actividad física; priva bruscamente al jugador del vestuario y de la rutina colectiva que hasta entonces estructuraban su día a día, con una incertidumbre sobre la fecha de vuelta que ninguna rehabilitación, por bien llevada que esté, puede despejar del todo de antemano. La investigación en psicología del deporte sobre la identidad atlética —el grado en que una persona se define por su papel de jugador— muestra que esta identificación se convierte en un factor de vulnerabilidad precisamente en el momento en que se interrumpe la actividad que la alimenta. Una lesión grave suele reunir las peores condiciones desde este punto de vista: es repentina, aísla, y viene acompañada de una incertidumbre duradera.
Este mismo mecanismo de identidad atlética explica por qué ningún temperamento, introvertido o extrovertido, protege por sí solo frente a esta vulnerabilidad.Los días que siguen al anuncio de una lesión grave suelen venir acompañados de un pensamiento automático del tipo «me van a quitar el puesto» o «se van a olvidar de mí», un pensamiento que no es absurdo en su constatación, pero que salta directamente a la conclusión más amenazante sin examinar otras posibilidades. El comportamiento que sigue suele tomar una de dos formas opuestas, igual de poco útiles ambas: la sobreimplicación precoz en la rehabilitación, con el riesgo real de una recaída que prolongue la baja inicial, o el desapego: acudir con desgana a las sesiones de fisioterapia, pensar que «total, nada va a cambiar el resultado».
El momento más revelador: el primer contacto tras la rehabilitación
El momento más revelador suele llegar en el primer entrenamiento colectivo tras la rehabilitación individual. Una vacilación en un contacto que, antes de la lesión, no planteaba ningún problema —un ligero retraso en un duelo, una evitación discreta de una situación de riesgo— señala la presencia de ese miedo a la recaída, con independencia de lo que indiquen las pruebas médicas sobre el estado real de la rodilla o del músculo. Reconocer esa vacilación por lo que es —una reacción de protección normal, no una señal de que la lesión no ha sanado— es el primer paso para atravesarla en lugar de sufrirla en silencio.
Nada de esto significa que una lesión deba minimizarse, ni que bastara con «pensar en positivo» para volver antes: la curación física sigue su propio ritmo, que ningún trabajo psicológico pretende acelerar. Hay que resistir también a la idea contraria, igual de engañosa: que una vacilación persistente tras una lesión indicaría falta de coraje o de determinación. Los estudios citados aquí se basan en poblaciones enteras de deportistas, no en casos aislados, y muestran que este miedo afecta a una proporción importante de deportistas por lo demás plenamente comprometidos con su disciplina. No es una fatalidad a la que haya que resignarse, ni un defecto de carácter que reprocharse: es un fenómeno esperado, documentado, que responde a un trabajo específico más que a un esfuerzo de voluntad genérico.
Un cuaderno de seguimiento para las semanas de baja
Cada semana de rehabilitación, resulta útil anotar tres cosas distintas: un hecho médico objetivo de la semana —lo que el fisioterapeuta o el médico ha constatado, con independencia de lo que se sienta—; un pensamiento automático que ha reaparecido varias veces durante la semana sobre la vuelta o sobre el puesto en el equipo; y una acción, por pequeña que sea, efectivamente realizada esa semana para la rehabilitación o para mantener el vínculo con el equipo. Al retomar el entrenamiento colectivo, antes de la primera situación de contacto o de duelo, nombrar por escrito el pensamiento preciso que acompaña la aprensión, y luego reformularlo de forma más realista a partir de los hechos médicos objetivos anotados en el cuaderno, en lugar de a partir de la sola sensación del momento, no elimina la vacilación desde el primer contacto, pero ayuda a distinguirla de una señal de alarma real, para seguir jugando con normalidad mientras se va disipando con la recuperación progresiva de la confianza.
Este mecanismo, una de las cuatro situaciones concretas tratadas en la tercera parte del libro En la mente de los campeones del fútbol, junto a la no convocatoria, el papel del entorno y la presión del partido, va acompañado en la obra de un protocolo completo de ocho semanas para trabajar, de forma más amplia, la regulación emocional bajo presión.
En resumen: Una lesión deportiva grave interrumpe una carrera de dos maneras distintas, que casi nunca se suceden en el orden que imaginamos. La primera interrupción es física y se cierra, en la mayoría de los casos, con el tiempo y la rehabilitación. La segunda es psicológica, y puede persistir mucho después de que el cuerpo se haya recuperado: el miedo a volver a lesionarse, justo en el momento en que haría falta volver a jugar sin contenerse. Una revisión sistemática sobre reconstrucciones del ligamento cruzado anterior encontró que, entre los deportistas operados que nunca recuperan su nivel previo por una razón psicológica, el 76,7 % citan este miedo como motivo principal, no el dolor, no la debilidad muscular: el miedo en sí mismo.

A propos de l'auteur
Gildas Garrec · profesional TCC
Psychopraticien certifie en therapies cognitivo-comportementales (TCC), auteur de 16 ouvrages sur la psychologie appliquee et les relations. Plus de 1000 articles cliniques publies sur Psychologie et Serenite.
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