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Práctica deliberada: por qué 10.000 horas no bastan (y lo que realmente importa)


«Hacen falta diez mil horas para llegar a ser excelente.» Esta frase, que se escucha en prácticamente todos los vestuarios, en buena parte de los artículos de desarrollo personal y en no pocos discursos de motivación deportiva, tiene una virtud democrática seductora: dice que el talento no cuenta realmente, y que la puerta sigue abierta para quien acepte pagar el precio en horas de trabajo. Tiene también un defecto serio: en la forma en que se cuenta habitualmente, es falsa, o al menos, muy incompleta.

De dónde viene esta cifra, y lo que no decía

La cifra de diez mil horas procede de un estudio publicado en 1993 por el psicólogo sueco K. Anders Ericsson y sus colegas Ralf Krampe y Clemens Tesch-Römer. El estudio no trataba sobre deportistas, sino sobre violinistas de un conservatorio de Berlín. Ericsson introducía ahí un concepto más preciso que «entrenar mucho»: la práctica deliberada, es decir, un entrenamiento estructurado, orientado específicamente a mejorar un punto débil identificado, con una respuesta inmediata sobre el rendimiento, y suficientemente incómodo como para mantenerse fuera de la zona de confort de quien lo ejecuta. La cifra de diez mil horas era una media acumulada por los mejores violinistas a los veinte años, una media, no un umbral, con una variabilidad individual que el propio Ericsson siempre subrayó.

El gran público retuvo otra cosa, en buena medida a través del libro Fueras de serie del periodista Malcolm Gladwell, publicado en 2008, que popularizó la fórmula en una versión simplificada: diez mil horas de entrenamiento, cualquiera que fuera, bastarían para producir la excelencia. Ericsson se explicó públicamente al respecto, en una entrevista concedida a Knowledge@Wharton: «Malcolm Gladwell leyó nuestro trabajo, y malinterpretó algunos de nuestros resultados.» No era la cifra lo que Ericsson quería corregir, sino la idea de que la cantidad bastaría por sí sola: «No se trata solo de horas acumuladas. Si simplemente haces más de lo mismo, no vas a mejorar realmente.»

Esta precisión desplaza todo el asunto del terreno del tiempo al de la atención. La práctica deliberada es, ante todo, un estado cognitivo: una concentración sostenida sobre un objetivo preciso, la tolerancia a la incomodidad de un ejercicio deliberadamente más difícil que lo que ya se domina, y la capacidad de ajustar el gesto a partir de una respuesta —la de un entrenador, un resultado medible, o una sensación propia suficientemente afinada como para hacer de juez—. Se pueden pasar diez mil horas en un campo sin entrar jamás en ese estado.

Lo que la investigación mide realmente: 18 %, no 100 %

En 2014, un equipo de psicólogos —Brooke Macnamara, David Hambrick y Frederick Oswald— publicó en la revista Psychological Science un metaanálisis que reunía la totalidad de los estudios disponibles sobre la relación entre práctica deliberada y rendimiento, en varios ámbitos. Los resultados no dejan lugar a dudas en un punto: la práctica deliberada cuenta, pero explica una parte del rendimiento mucho más modesta de lo que imagina el gran público. En juegos como el ajedrez, explica en torno al 26 % de la varianza de rendimiento entre individuos. En música, el 21 %. En el deporte, el 18 %. En educación, el 4 %. En las profesiones, menos del 1 %.

Dieciocho por ciento. Si se toma a un gran número de deportistas y se mide cuántas horas de práctica deliberada ha acumulado cada uno, ese único dato permite adivinar aproximadamente una sexta parte de la diferencia de rendimiento final entre ellos. El resto —algo más de cuatro quintas partes— depende de otras cosas: la calidad del acompañamiento recibido desde la infancia, la edad a la que empezó el entrenamiento estructurado, características morfológicas favorables a la posición que se ocupa, una forma de pericia perceptiva adquirida por una exposición temprana al juego libre, y una parte de circunstancias que ningún modelo pretende explicar por completo. La palabra «talento», usada sola, no nombra nada de todo esto; simplemente designa el margen que aún no sabemos explicar.

Tres regímenes documentados, una misma lección

El libro En la mente de los campeones del fútbol detalla tres regímenes de entrenamiento extremos que ilustran lo que puede significar «trabajar mucho» en la élite, y por qué ese trabajo, por sí solo, no basta para explicar el resultado. Cristiano Ronaldo lleva más de veinte años sometido a un régimen documentado por sus sucesivos preparadores físicos: entre tres y cinco horas de entrenamiento diario, una cámara de crioterapia personal, un ritmo de sueño atípico —cinco siestas de noventa minutos repartidas a lo largo del día, documentadas por el especialista en sueño Nick Littlehales, que trabajó con él—. Erling Haaland hizo pública parte de su rutina a través de su propio canal de vídeo: baño de hielo y sauna diarios, hora fija de acostarse a las diez de la noche, un aporte calórico del orden de seis mil kilocalorías al día. Robert Lewandowski construyó junto a su esposa, la nutricionista deportiva Anna Lewandowska, un régimen alimentario estricto y un protocolo de sueño supervisado.

Estos tres regímenes no demuestran nada en el plano estadístico —son casos únicos, elegidos porque están documentados públicamente, no porque sean representativos—. Pero ilustran la definición de Ericsson mejor de lo que podría hacerlo una cifra abstracta: no es la cantidad de tiempo pasado en un campo lo que distingue estos regímenes, es el grado de control ejercido sobre cada variable capaz de afectar al rendimiento, con un rigor que supone una capacidad psicológica precisa: mantener una atención sostenida sobre detalles cuyo efecto individual es minúsculo, durante varios años. Hay que resistir la tentación de leer estos tres retratos como la prueba de que el trabajo por sí solo da resultado: decenas de miles de futbolistas profesionales y semiprofesionales siguen regímenes rigurosos, con un acompañamiento científico comparable, sin alcanzar ese nivel.

La señal que hay que detectar en la propia práctica

Este mecanismo se reconoce por un pensamiento preciso, que reaparece en muchos jugadores después de una sesión: «entrené duro, así que trabajé bien». Es un pensamiento automático, en el sentido de que surge sin examen previo: confunde la intensidad del esfuerzo percibido con la pertinencia de ese esfuerzo. Un jugador puede salir de un entrenamiento agotado, haber tocado el balón cientos de veces, y no haber trabajado casi nada de lo que, en su caso concreto, marcaría la diferencia dentro de seis meses. El comportamiento que acompaña este pensamiento es casi siempre el mismo: la repetición de lo que ya se sabe hacer bien, una técnica dominada que proporciona una sensación de competencia inmediata y agradable, mientras que un gesto que se resiste produce incomodidad, a veces un poco de vergüenza, sobre todo si otros están mirando.

Existe una señal bastante fiable para distinguir una sesión de práctica deliberada de una sesión de repetición cómoda: la sensación durante la propia sesión. Una sesión que apunta de verdad a un punto débil se acompaña, en algún momento, de una sensación leve de fallo o de torpeza: el gesto no sale, la jugada se malogra, la decisión llega una fracción de segundo tarde. Es una señal normal, no una señal de alarma. Al contrario, una sesión uniformemente fluida y agradable de principio a fin suele ser el indicio —no la prueba, el indicio— de que se organizó en torno a lo que ya está adquirido.

Un ejercicio para medir la propia práctica en una semana

Durante siete entrenamientos consecutivos, antes de salir al campo, escribe en una frase el único punto que esa sesión debe trabajar, no lo que el grupo entrena colectivamente, sino un punto preciso. Justo después de la sesión, anota tres cosas: si ese punto se trabajó realmente (sí o no); en qué momento apareció una molestia o una sensación de fallo; y hacia dónde derivó la atención si el punto no se trabajó.

Este ejercicio de siete sesiones es una primera toma de contacto; el protocolo completo de ocho semanas que lo prolonga se detalla en otro artículo de esta serie.

Al cabo de las siete sesiones, cuenta cuántas veces la respuesta «se trabajó realmente» fue positiva. Si la cifra es baja, la última columna indica, muy probablemente, la zona de confort hacia la que la atención se desvía en cuanto no se retiene activamente en otra cosa. No es un juicio sobre la disciplina de un jugador; es una información precisa sobre un mecanismo que afecta prácticamente a todos los deportistas, en todos los niveles, y que cuenta, según la investigación, mucho más que el simple número de horas acumuladas.

Este ejercicio, junto con otras cinco competencias psicológicas que la investigación relaciona con el desarrollo de la excelencia deportiva, se detalla con todas sus fuentes en el libro En la mente de los campeones del fútbol, que además propone un programa completo de ocho semanas para trabajarlas en orden.

En resumen: La regla de las diez mil horas —la idea de que un volumen de entrenamiento suficiente produciría mecánicamente la excelencia— se basa en una mala lectura de un estudio de 1993 que no decía eso. Un metaanálisis publicado en 2014 en Psychological Science midió que la práctica deliberada solo explica alrededor del 18 % de la diferencia de rendimiento entre deportistas: una sexta parte, no la totalidad. Lo que distingue una sesión que hace progresar de una sesión que tranquiliza sin cambiar nada no es su duración, sino un estado cognitivo preciso: una atención sostenida sobre un punto débil identificado, una incomodidad voluntaria, una respuesta inmediata sobre lo que se acaba de ejecutar. Un ejercicio concreto, extraído del libro En la mente de los campeones del fútbol, permite medir la propia práctica a lo largo de siete sesiones.
Gildas Garrec, Psychopraticien TCC

A propos de l'auteur

Gildas Garrec · profesional TCC

Psychopraticien certifie en therapies cognitivo-comportementales (TCC), auteur de 16 ouvrages sur la psychologie appliquee et les relations. Plus de 1000 articles cliniques publies sur Psychologie et Serenite.

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