Tests psiComprenderte mejorScanMyLoveDescifra tu relaciónScanMyJobDescifra tus intercambios profesionales

No ser convocado en fútbol: cómo encajan el rechazo los grandes jugadores


Existe un momento, en prácticamente toda carrera de jugador en formación, que se parece a este: se publica una lista, falta un nombre, o un entrenador aparta a alguien para anunciarle que esta vez no será posible. Este momento no tiene nada de excepcional. Afecta, como muestran los datos sobre la renovación de efectivos en las canteras, a la gran mayoría de los jugadores en algún momento de su recorrido, incluidos los que acabarán siendo profesionales. Si ningún mecanismo psicológico permite predecir de antemano quién llegará a ser un gran jugador, entonces ninguna no convocatoria puede, por sí sola, predecir lo contrario tampoco — es la tesis que defiende, sobre once trayectorias reales, el libro En la mente de los campeones del fútbol. Esta idea sigue siendo abstracta mientras no se confronta con el momento concreto en que resulta más difícil de creer: aquel en que la decepción está más fresca, y en que el juicio más severo sobre uno mismo parece, en ese instante, el más evidente.

Lo que desencadena una no convocatoria, en dos capas

La investigación sobre el descarte en el fútbol juvenil distingue dos capas en lo que se juega en el momento del anuncio. La primera es factual: se ha tomado una decisión, por razones a veces explícitas, a menudo parcialmente opacas incluso para el propio entrenador que la comunica. La segunda es identitaria, y es la que determina la mayor parte de lo que viene después. Los investigadores británicos Brown y Potrac, en uno de los pocos trabajos que han examinado este momento desde el ángulo de la identidad atlética, muestran que los jóvenes jugadores de academias profesionales suelen desarrollar una identidad especialmente exclusiva, construida casi únicamente en torno al estatus de jugador en formación, precisamente porque la academia organiza su día a día alrededor de ese único objetivo. Cuando llega el descarte, no se pierde solo un puesto: es el pilar principal de una identidad el que tambalea de golpe.

Esta ruptura tiene consecuencias medibles, no solo teóricas. Un estudio dirigido por David Blakelock, Mark Chen y Trevor Prescott, publicado en 2016, siguió a noventa y un jóvenes futbolistas ingleses de entre quince y dieciocho años, midiendo su malestar psicológico entre una y dos semanas antes del anuncio de su continuidad o salida del centro, y de nuevo a los siete y a los veintiún días después. Los jugadores que salieron del centro presentaron un nivel de malestar psicológico significativamente más alto que los que se quedaron, con puntuaciones de ansiedad y depresión que, en algunos de ellos, alcanzaron un nivel clínicamente significativo. Este resultado no dice nada sobre el valor de los jugadores descartados; dice algo sobre la magnitud real del golpe que representa este momento, ampliamente subestimada cuando se reduce a una simple decepción deportiva.

Tres formas de explicar un fracaso, solo una que desgasta

Un marco más antiguo, desarrollado por el psicólogo Martin Seligman junto con sus colegas Lyn Abramson y John Teasdale a finales de los años setenta, ayuda a entender por qué una misma no convocatoria puede dejar huellas muy distintas según la persona que la atraviesa. Su trabajo muestra que lo que determina la vulnerabilidad a un sentimiento de indefensión tras un fracaso no es el fracaso en sí, sino la manera en que se explica, según tres dimensiones. La primera es la internalidad: ¿se percibe la causa como algo que viene de mí, o de factores externos a mí? La segunda es la estabilidad: ¿se ve la causa como duradera, o como circunstancial y con posibilidad de cambiar? La tercera es la globalidad: ¿afecta la causa, en mi mente, a todos los aspectos de mi vida, o solo a este ámbito concreto?

Un estilo explicativo que combina sistemáticamente los tres polos más desalentadores —«soy yo», «esto nunca va a cambiar», «esto dice algo de todo lo que hago»— es el que Seligman asocia al mayor riesgo de abandono tras un fracaso repetido. Una no convocatoria explicada así se convierte en: «no soy lo bastante bueno, nunca lo seré, y esto pone en duda todo mi futuro en este deporte». La misma no convocatoria, explicada de forma más matizada —«buscaban un perfil concreto para ese puesto esta temporada, la próxima convocatoria puede ir de otra manera, y esto no dice nada del resto de mi juego»— deja una huella muy distinta, sin por ello negar que la decepción, en el momento, siga siendo enteramente legítima.

Un fenómeno estadísticamente ordinario, no la excepción que golpea a los menos dotados

Los datos disponibles sobre las canteras dan una medida concreta de la magnitud del fenómeno. Un metaanálisis del investigador alemán Arne Güllich y su colega Michael Barth, publicado en 2023, sitúa la renovación anual de efectivos entre el 25 % y el 47 % en las academias juveniles, y entre el 28 % y el 55 % en las selecciones nacionales de categorías inferiores. Entre una cuarta parte y más de la mitad de los niños presentes en una estructura dada un año determinado ya no estarán al año siguiente, sustituidos por otros considerados, en ese momento preciso, más prometedores. Una no convocatoria no es, por tanto, la excepción que golpea a los menos dotados; es un suceso estadísticamente ordinario en cualquier cantera, incluido para jugadores que después seguirán una carrera sólida en otro lugar.

Este mismo sesgo hacia lo que se mide rápido y fácil es precisamente lo que explica, capítulo tras capítulo, por qué la detección de talento en el fútbol se equivoca tan a menudo.

Dos reacciones que parecen proteger, y que no ayudan

La emoción que sigue a una no convocatoria suele ser una mezcla de vergüenza y rabia: rabia contra el entrenador, contra el sistema, a veces contra uno mismo por no haber visto venir la decisión. El comportamiento que se deriva varía según la persona, pero dos reacciones se repiten con más frecuencia, ninguna de las dos útil por sí misma. La primera es un repliegue: menos implicación en los entrenamientos siguientes, reticencia a pedir otra oportunidad en otro sitio, la convicción anticipada de que no va a servir de nada. La segunda es el rechazo de cualquier autocrítica: atribuir sistemáticamente la decisión a la injusticia o al favoritismo, sin examinar nunca lo que, eventualmente, también podría corresponder a un punto que trabajar, un cierre que, si bien protege en el momento, también priva de una información a veces útil.

Existe una forma de no convocatoria más silenciosa que la salida de un centro o el rechazo de una prueba, y sin embargo más frecuente: seguir en el grupo, seguir entrenando con los mismos compañeros, pero no volver a jugar, semana tras semana, sin que se dé nunca una explicación clara. La ausencia de explicación deja un vacío que la mente llena espontáneamente, casi siempre con la hipótesis más desfavorable para uno mismo. Lo que ayuda, en esta situación concreta, no es esperar pasivamente una explicación que quizá nunca llegue, sino pedir directamente, una sola vez y de forma serena, una respuesta concreta: con qué criterios precisos se está decidiendo actualmente la convocatoria, y qué podría, en un plazo razonable, hacer cambiar la decisión.

Un ejercicio de reestructuración cognitiva, para hacer en los días siguientes

Escribe el pensamiento automático exacto que siguió al anuncio, sin filtrarlo. Pásalo después por el filtro de las tres dimensiones descritas más arriba, respondiendo con honestidad a cada pregunta: ¿es enteramente cosa mía, o hay otros factores —puesto buscado, plantilla ya completa, competencia ese día concreto— que también pesaron? ¿Es algo que nunca va a cambiar, o puede evolucionar la situación que motivó esa decisión? ¿Pone en duda todo mi futuro en este deporte, o solo esta convocatoria concreta, en este momento concreto? Para la última pregunta, busca cada vez un hecho preciso, no una frase tranquilizadora genérica: un punto técnico señalado por el cuerpo técnico, otro jugador no convocado ese año que sigue su carrera en otro sitio, información sobre los criterios reales de esa convocatoria.

Relee esta tabla antes del próximo entrenamiento, no para borrar la decepción, sino para impedir que se transforme en una certeza sobre lo que uno vale en su conjunto. Es precisamente el objeto del undécimo capítulo del libro En la mente de los campeones del fútbol, que desarrolla este mecanismo y lo articula con los datos sobre el sesgo del superviviente: el recordatorio de que el sufrimiento sentido tras una no convocatoria, por real que sea, no dice nada sobre el resto de una trayectoria.

En resumen: Una lista publicada, un nombre que falta, un entrenador que anuncia que esta vez no será posible. Este momento afecta a la gran mayoría de los jugadores en algún punto de su trayectoria, incluidos los que llegarán a ser profesionales: los datos sobre la renovación de efectivos en las academias juveniles muestran que entre una cuarta parte y más de la mitad de los niños presentes un año dado ya no estarán al siguiente. Lo que varía, en cambio, es lo que ese momento produce después. La psicología identifica un mecanismo preciso para entender por qué una misma no convocatoria puede dejar huellas muy distintas según la manera en que se explique.
Gildas Garrec, Psychopraticien TCC

A propos de l'auteur

Gildas Garrec · profesional TCC

Psychopraticien certifie en therapies cognitivo-comportementales (TCC), auteur de 16 ouvrages sur la psychologie appliquee et les relations. Plus de 1000 articles cliniques publies sur Psychologie et Serenite.

¿Este artículo le ha sido útil?

Únete a nuestra comunidad de intercambio en WhatsApp

Unirse a la Comunidad (lista de espera)

¿Necesitas un acompañamiento personalizado?

Sesiones por videollamada (90 € / 75 min) o en consulta en Nantes.

Reservar una videollamada
WhatsApp
Messenger
Instagram